Por qué leo el tarot

16-Jan-2017

 

 

EN MI PAÍS, SER TAROTISTA ES SER UNA CHARLATANA, LADRONA Y APROVECHADA

Alguien que saca partido de la desgracia, la ignorancia y la necesidad ajena para, mediante engaños y psicología barata, sacar sus ahorros al desesperado, al incauto y al necesitado.

Es ser una ladrona, una aprovechada, una sinvergüenza sin escrúpulos. Alguien que no ha encontrado otra manera de asegurarse un sueldo digno y que utiliza la necesidad intrínseca al ser humano de conocimiento y consuelo, para ganarse unos buenos euros sin hacer nada. Una vaga. 

 

Mientras mis condiscípulas, en las reuniones sociales, pueden decir con orgullo que son médicas, abogadas, empresarias, economistas o gestoras, yo digo que soy tarotista, y con ello arrastro un estigma de falta de credibilidad y de seriedad que ser filtra a cualquier otro aspecto de mi vida: Mis opiniones, mis decisiones personales, mi manera de vestir o de comportarme, son juzgadas en base a mi profesión, una equivalente a la mezcla de los delitos del Lute, las sinvergonzonería del Dioni y la ignorancia que se sigue asociando a los habitantes de las Hurdes, a pesar de haber pasado ya 84 años desde el documental de Luis Buñuel.

 

Por ser tarotista se me suponen muchos dones, dicho esto no como virtudes, sino como defectos. Alguien que vive echando el tarot deber ser listo, en el sentido de ser un vivo, tener mucho ojo, para "adivinar" rápidamente de qué pie cojea el prójimo y poder sacar buen partido de ello. Debe ser una persona rica, porque se da por supuesto que, una vez "pillo" a un incauto, seguiré sacándole los cuartos con diferentes trabajos mágicos hasta dejarle bien seco. Deber ser muy ignorante, porque malo es que sea tarotista para engañar al prójimo y estafar, pero si encima cree realmente en el tarot, muy bien no debe estar de la cabeza. Debe haber sido incapaz de estudiar una carrera seria, porque nadie dotado para los estudios y capaz de conseguir un título como dios manda se dedicaría a esto. Debe carecer de vergüenza, para presentar su trabajo como algo serio y fiable, cuando ni siquiera ella misma en el fondo puede creer en ello. Y debe trabajar en la clandestinidad, sin dar su empresa de alta en la seguridad social ni pagar sus impuestos, porque, ya puestos a robar al prójimo, por qué no hacerlo a lo grande.

 

Creo que hay muchas razones para que la opinión pública de mi país tenga en tan alto concepto mi profesión. En primer lugar, somos un estado muy joven. En a penas 40 años hemos pasado de la jota y el arado a construir aviones y teléfonos móviles. Para ser "modernos", para que los miembros de otros países no nos vieran como paletos (que siempre ha sido el mayor miedo español), hemos dejado que otras personas nos dijeran lo que era válido y lo que no de nuestras propias costumbres, ritos y legado cultural.  Cuando un país crece tan deprisa como España ha hecho, no hay tiempo a que las tradiciones que son válidas en los nuevos tiempos se mantengan por si mismas,  y las que no son ya aceptables caigan en desuso de una manera natural. Hay siempre una presión de fuera, de otras naciones, de grupos de intelectuales, de grupos de poder económico y social, que te van a decir qué puedes sentir, pensar, desear o hacer en tu propio país, casa o incluso cabeza. En qué o quién puedes creer sin avergonzarte.

La espiritualidad ha sido una de esas cosas que la modernidad impuesta ha barrido como inculta y propia de pueblos subdesarrollados. Mi pobre y querido país.

 

Gran parte de culpa de la fama de mi profesión también la tienen los números telefónicos 906 que, en los años 80 y 90, sin ninguna regulación legal, hicieron a miles de personas perder sus ahorros y a cientos de pícaros amasar ingentes fortunas. Cualquiera con una fotografía de un mazo de tarot y un poco de inversión inicial se podía hacer con una de estas líneas, publicitarla en revistas y periódicos, y hacer su agosto a base de 2 euros el minuto. Bien vamos, ¡seguimos para Bingo!

 

Al contrario de otros países, en España, la adivinación no está legislada. Como en tantas otras cosas, es una especie de "si no hablamos de ello no existe, y si no existe no tenemos que hablar sobre si es real o no". Mientras que anglosajones, franceses o alemanes no sólo tienen leyes, sino que han dedicado décadas al estudio de los fenómenos paranormales y el esoterismo (con resultados sorprendentes), mientras que en otras naciones con un crecimiento continuado y moderado se comprende que la vida espiritual es sana, natural, respetable y que se manifiesta de muy diversas maneras, mientras que la física teórica y práctica se acercan cada día más de una manera fascinante y desconcertante a los mismos paradigmas y soluciones a la vida que da la magia, la alquimia y la metafísica, en mi país se ha decidido que nada que no aparezca en los libros de texto de la ESO, o en el telediario de Telecinco, existe. Y punto pelota, porque yo lo digo. Probablemente la excepción a la regla del tarotista mentiroso y sinvergüenza sean aquellos que salen en televisión en los programas nocturnos, precisamente por ello. La televisión en mi país todo lo santifica. ¡Bravo por ellos!

 

QUIÉN QUERRÍA VIVIR CON TODA ESTA PRESIÓN

Algunas personas nacen para ayudar. No tengo una explicación mejor que decir que es una necesidad ingobernable. A lo largo de su vida, si tienen la suerte de entender lo que les pasa, necesitarán llevar a la práctica esa pulsión incontrolable, con resultados más o menos catastróficos. En la infancia y en la adolescencia, su falta  de experiencia en la vida les llevará a ser víctimas de la maldad de los demás, que ven en su necesidad de ayudar una oportunidad para reirse, aprovecharse de ellos o, sencillamente, dañarlos. Porque sí. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor, con una educación represiva en un ambiente de "sálvese el que pueda y cada uno a lo suyo" esta necesidad de ayudar la vivirán como una falta, una debilidad, un error de su carácter, que les mantendrá en lucha consigo mismos toda su vida y que les hará, finalmente, odiar su propia bondad interior y, por ende, la bondad en el prójimo. 

 

Sea como sea, entendiendo lo que les pasa, no comprendiendo nada, la necesidad seguirá allí y, dependiendo de su carácter, pueden convertirse en personas muy cerradas, muy dañadas e infelices, que se protejan con una coraza de ironía, superioridad y dureza, y que rechacen cualquier atisbo de espiritualidad en sus vidas como sinónimo de la debilidad con la que viven su necesidad de ayudar al prójimo, o encontrar una vía de canalización para sus impulsos que les satisfaga en parte o completamente. Puede ser el trabajo voluntario, la vida religiosa, la participación en grupos de autoayuda, los actos de bondad anónimos o puntuales. Pero siempre habrá una lucha. En un mundo como este, en un país como este, seguir sus instintos les confrontará siempre con la sociedad en la que viven. Y su generosidad estará en entredicho o, al menos, será incomprendida.

 

Sé bien de lo que hablo. Yo he estado en todas y cada uno de esas etapas. He sido el ser humano dañado, irónico y despiadado, sin un atisbo de piedad ni de bondad para los demás. He sido trabajadora voluntaria, sintiendo que canalizaba mi necesidad de ayudar de una manera que no era satisfactoria, ni para mi ni para aquellos para los que trabajaba. He estudiado la vida monacal, he participado en grupos de autoayuda, he puesto mi granito de arena en la vida de otras personas anónimamente, de vez en cuando... nunca suficiente.

 

EL TAROT, COMO AVON, LLAMA A TU PUERTA

No recuerdo cuantos años tenía la primera vez que vi un mazo de tarot, pero sé que aún no iba al colegio. Los recuerdos que tengo alrededor del tarot son clandestinos. Era algo que no debía tocar, algo un tanto maléfico y peligroso... ¿Cómo resistirse? Cuando nadie me veía, abría el cajón que guardaba aquel tarot y, con un cierto miedo, observaba esas imágenes extrañas que no comprendía y me inventaba historias sobre ellas. Las daba un significado.

 

Con los años me alejé de la religión en la que me habían educado, y empecé a estudiar otras, de una manera teórica y por curiosidad. Daba por hecho que, si no era católica, no era nada, y adquirí un ideario racional y científico. La ciencia y el conocimiento se convirtieron en mi religión. Cuando llegó un momento en que la ciencia, ser razonable, ordenada y seguir lo que la sociedad esperaba de mi estuvo claro que no me daba ninguna paz ni ninguna respuesta válida a lo que, en realidad, necesitaba para ser feliz, y volví a estudiar otras formas de vida espiritual de una manera más abierta, el tarot, con muchos miedos, con muchos recelos y con muchas reticencias, volvió a entrar en mi vida. Pero siempre como un entretenimiento de salón. Nada demasiado serio. Porque, un ser humano racional y normal no podría tomarse el tarot demasiado en serio. Pero, lo cierto, es que haciendo balance, nunca me sentí mejor, nunca hice más realidad lo que yo considero una buena vida, nunca acallé tanto mi instinto de ayudar, como cuando una persona recurría a mis cartas de tarot. En cualquier época de mi vida.

 

Antes o después llega un momento en el que te planteas las cosas, ¿seguirás yendo por el camino trillado, por el que se supone que hay que recorrer? ¿Seguirás haciendo lo razonable, lo moralmente aceptado, permitirás que los demás te juzguen y decidan lo que puedes hacer o no? ¿O te atreverás a mostrarte realmente cómo eres, te darás una oprtunidad a ti misma de equivocarte, irás por el camino de los despiertos, intentarás hacerte feliz a ti misma aunque no sepas a dónde te llevará tú camino?

 

SOMOS LEGIÓN

Hay todo tipo de tarotistas en España, de clarividentes, de médiums, de lectores de hojas de té, bolas de cristal,  baraja española. Muchos. Hay abogados y médicos, amas de casa y arquitectas. Profesionales serios y entregados. Te sorprenderías. Creo que todos tenemos en común una cierta lucha para librarnos de lo normalmente aceptado y dedicarnos de corazón a lo que nos gusta. Ayudar. Porque las personas que se acercan a un clarividente, más allá de la angustia del momento, de la curiosidad o incluso del concimiento sobre qué somos y qué podemos hacer, lo que buscan es, precisamente, eso: Ayuda. E, igual que hay clarividentes, lectores de todo tipo de mancias y astrólogos de todas las clases sociales y culturales, sus clientes también son de todo tipo. Reyes y princesas, jefes de estado y políticos, empresarios exitosos... todos ellos pasan por nuestras consultas, y no es ningún secreto, desde la tarotista que consultaba Nancy Reagan a Adolfo Suárez dejándose aconsejar por Maritxu Guler. Y lo hacen no porque sean incautos, estén desesperados, sea incultos o supersticiosos. Nadie puede acusarles de ser unos perdedores y de no saber qué hacer con sus vidas. Muy al contrario. Lo hacen porque saben que el tarot les ayuda a encontrarse en su vida espiritual, a tomar mejores decisiones y a llevar vidas más plenas. Y que no es necesario estar en "problemas" para requerir la ayuda de una tarotista. Cualquier momento vital es bueno para hacerlo. Así que la próxima vez que en tu vida se cruce, de la manera que sea, el tarot, puedes seguir riéndote de algo que nunca has probado, puedes volver a pensar que a ti no te engañaremos, o puedes abrirte bien de orejas y de cabeza y probar algo que otros, antes que tú, y desde tiempos inmemoriales, han probado. Y repetido. Escuchar un mensaje del Espíritu Universal canalizado a través de una bruja. De las de antes. Como los reyes.

 

Lo peor que puede pasarte es que pierdas 10 o 20 euros. ¿Lo mejor? Qué tu vida cambie.

 

Mucho Amor,

Maeve.

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